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DAMIÁN ALCÁZAR: TRAYECTORIA QUE DEFINE AL CINE MEXICANO

Si hay una presencia que impone carácter y profundidad en el cine mexicano, esa es la de Damián Alcázar. Dueño de una mirada intensa y una capacidad interpretativa que atraviesa la pantalla, Alcázar ha construido una trayectoria sólida, marcada por personajes complejos y memorables que reflejan distintas realidades sociales.

 

 

¿En qué momento descubriste que la actuación sería tu camino de vida?

Hubo una etapa clave en la que comprendí que la actuación no era solo una vocación, sino una forma de vida. Fue durante el tiempo que trabajé en una compañía de teatro dirigida por el maestro Luis de Tavira. A través de sus reflexiones, entendí que, si no me iba la vida en esto, simplemente no tenía sentido. Desde entonces, la actuación dejó de ser una elección para convertirse en mi manera de vivir».

Tus personajes suelen tener una carga social fuerte, ¿buscas ese tipo de historias o ellas te encuentran a ti?

No todos mis personajes tienen necesariamente una carga social fuerte. Sin embargo, las películas que he realizado con Luis Estrada —La ley de Herodes, Un mundo maravilloso, El infierno, La dictadura perfecta y ¡Que viva México!— están marcadas por una profunda reflexión social e incluso por una postura política. Aun así, no es una constante en todos mis proyectos. Lo que sí es cierto es que cada uno de los personajes que he elegido interpretar está vinculado con el espíritu humano, y ese, por naturaleza, siempre resulta contestatario o, al menos, cuestionador de la realidad que vivimos.

 

 

¿Qué papel ha sido el más desafiante emocionalmente y por qué?

 

Sí, hay personajes particularmente complejos; diría que uno o dos resultan mucho más exigentes en el plano psicológico. Recuerdo una película que hice en Ecuador con el director Sebastián Cordero, basada en un caso real: un colombiano que era asesino serial. Entender cómo un ser humano es capaz de arrebatarle la vida a alguien inocente y vulnerable, como los niños, además de abusar de ellos, te lleva a preguntarte en qué momento la mente alcanza esas profundidades tan oscuras. Lo mismo ocurre al observar a quienes hoy destruyen comunidades enteras en busca de territorio o poder. Son realidades que obligan a cuestionar hasta dónde puede llegar la mente humana cuando se justifica desde ideologías o creencias de superioridad. Este tipo de personajes me exige muchísimo como actor y, sobre todo, me confronta profundamente como ser humano.

 

Has trabajado en cine, teatro y televisión, ¿en cuál formato te sientes más libre como actor?

 

Sí, he trabajado en cine, teatro, televisión, radio y también en podcast, como Fausto. Cada medio tiene su propio lenguaje. El teatro, sin duda, ha sido mi base: es donde los actores realmente se forman, se entrenan y aprenden. Además, tiene un valor único: la energía del público en vivo, que se convierte tanto en un reto como en un motor constante para el trabajo actoral. Es una convención en la que el espectador te permite explorar todas las posibilidades. El cine, en cambio, es un proceso mucho más íntimo. Suelo construir al personaje desde casa y, una vez en el set, lo despliego frente a la cámara junto a mis compañeros. La televisión tiene otra dinámica: por sus propias condiciones de producción, es un medio más rápido y, en muchos casos, más enfocado en lo comercial. Eso exige al actor recurrir a todo su bagaje para sostener un trabajo profundo, serio y ético; no se trata solo de memorizar textos, sino de darles vida con compromiso. Disfruto trabajar en todos los medios, pero, sin duda, el cine es mi favorito.

 

¿Qué opinas del momento actual del cine mexicano?

El cine mexicano ha atravesado distintas etapas desde que comencé a trabajar en él hace ya varias décadas. Sin embargo, considero que su mayor obstáculo sigue siendo la falta de espacios de exhibición. No tiene suficientes pantallas donde proyectarse, disfrutarse y, sobre todo, darse a conocer. Muchos mexicanos aún no conocen su propio cine, a pesar de que existen obras verdaderamente extraordinarias.

Lo que necesitamos es abrir más espacios para el cine nacional. Es una causa por la que vale la pena insistir, solicitar y exigir a las autoridades, rompiendo las limitaciones que aún existen dentro de la industria. Porque el cine no es solo un negocio: es cultura, es historia, es identidad en movimiento. A través de él, una sociedad puede mirarse y comprenderse.

Al cine mexicano no le falta calidad, le falta visibilidad. Necesita producirse y, sobre todo, llegar a todos los públicos. Porque hay cine, y hay cine muy bueno.

 

¿Qué historias consideras que aún hacen falta contar en México?

Siempre habrá historias incómodas que deben contarse, ya sea en el cine, el teatro o la televisión. Considero que, a partir de La ley de Herodes, dirigida por mi amigo Luis Estrada, el tema de la censura en México —al menos en el ámbito cinematográfico— marcó un antes y un después. Sin embargo, la autocensura sigue siendo una carga para muchos creadores. Por eso, es fundamental resistir cualquier forma de censura, ya sea sutil o frontal, provenga del Estado o de los grandes poderes fácticos. Es necesario contar todas las historias, ponerlas sobre la mesa, analizarlas y generar reflexión. El cine, el teatro, la televisión y la literatura son herramientas poderosas para lograrlo. Por ello, hay que seguir trabajando y apostando por los temas que consideramos importantes.

 

A nivel personal, ¿Qué te inspira fuera del mundo artístico?

 

Fuera de mi trabajo profesional, encuentro inspiración viajando. Conocer personas y recorrer el mundo es una forma de nutrirme: a través de la comida, las distintas culturas, la música, la pintura y la arquitectura. También en los libros, donde habitan los grandes maestros; basta abrir uno para encontrar a los especialistas en cualquier tema. Es fundamental alimentarse constantemente y observar a la gente. Me siguen fascinando los niños aunque ya no tenga la misma energía para convivir tanto tiempo con ellos, porque siempre dejan enseñanzas. Y, por supuesto, uno de los espacios donde más aprendo es en el tiempo que comparto con mi hijo

 

¿Cómo manejas la fama y la exposición pública?

 

Siempre he pensado que hay que tomar la fama con ligereza. Lo verdaderamente importante es el prestigio, al menos en mi profesión, y ese se construye con responsabilidad, disciplina y generosidad en el trabajo. En lo cotidiano, me gusta poder caminar tranquilo por la calle. Que la gente me salude o quiera tomarse una foto conmigo no me molesta en absoluto; al contrario, me hace sentir muy querido. A veces me apena no poder atender a todos como quisiera. Prefiero no pensar en la fama, sino en el reconocimiento de ser alguien que trabaja con compromiso y que se interesa genuinamente por la vida de los demás.

 

¿Qué valores rigen hoy tu vida fuera de los reflectores?

 

Para mí, hay valores que no son negociables: la generosidad, la tolerancia y la apertura al diálogo. Es importante entender que los tiempos cambian y que debemos evitar posturas rígidas. Estoy de acuerdo con que existan manifestaciones y que las causas se expresen, pero no con la violencia. Si buscamos erradicarla, no podemos reproducirla. Necesitamos apostar por la estabilidad, la convivencia y el respeto.

 

¿Cómo ves a las nuevas generaciones de actores en México?

 

Hay mucho talento, y eso es algo que confirmo cada vez que doy talleres, una actividad que disfruto profundamente. Sin embargo, las nuevas generaciones enfrentan grandes retos, ya que la industria no atraviesa su mejor momento. En el cine, por la falta de espacios de exhibición; en la televisión, por la superficialidad de muchos contenidos; y en el teatro, por sus costos y por una audiencia que ha cambiado sus hábitos de consumo. Las redes sociales han modificado el interés del público hacia propuestas más complejas. Aun así, espero que la sociedad evolucione y que la cultura vuelva a ocupar un lugar central.

 

Si pudieras elegir un personaje histórico o ficticio por interpretar, ¿cuál sería y por qué?

 

Creo que cualquier personaje bien escrito, complejo y dentro de una historia interesante, siempre representa un reto fascinante. Estamos hablando del ser humano, que es inabarcable. Puede tratarse de alguien de cualquier contexto: un campesino, un obrero, un político o un pensador. Habitar la piel de un personaje profundo siempre será una experiencia extraordinaria.

 

¿Qué legado te gustaría dejar a través de tu trabajo?

 

Los premios y reconocimientos siempre se agradecen; son como un abrazo de los colegas y del público. Sin embargo, lo más importante que uno puede dejar es una ética profesional: disciplina, responsabilidad, generosidad y un verdadero compromiso con los temas que se abordan.

 

 

¿En qué otros proyectos te vamos a ver este 2026?

 

A estas alturas de mi carrera, sigo buscando proyectos con contenido, que aporten algo a la gente, que inviten a la reflexión y, si es posible, al crecimiento personal. También estoy explorando nuevos mercados; actualmente trabajo con frecuencia en España, lo cual disfruto mucho, ya que admiro su cine. Al final, se trata de encontrar siempre las mejores historias.